#09/50.The Replacements - Let it Be (1984)
El fracaso no tiene nada de bonito. Morirse tampoco.
Todos y todas tenemos una idea concreta de lo que entendemos por épica. Para mí, por ejemplo, el momento en que el Capitán América empuña Mjölnir en Endgame es una de las mejores y más completas definiciones que se me ocurren. Detrás, obviamente, hay mucho de mí mismo. Desde mi propia concepción de lo humano, lo divino o lo mágico hasta los mismísimos límites de mi propia ambición. Es más, estoy convencido de que, si Steve Rogers es worthy, entonces todos lo somos. Me diréis, con toda la razón, que el suero del supersoldado no existe, que el martillo de Thor tampoco y que las cosas nunca son tan fáciles. En realidad, nada de eso me importa. Lo realmente potente de la escena es que un chaval de Brooklyn, enclenque y sin ningún lugar donde caerse muerto, ha sido capaz de empuñar el martillo de un dios. Como yo, un chaval de una pedanía de pijos, sin ningún futuro, sentado en aquel refugio a 5.000 metros de altitud, en la ladera del Cotopaxi. A ninguno de los dos nos esperaba nadie, hasta el punto de ni siquiera ser conscientes de que llegábamos a merecerlo. Ninguno, en ningún escenario, estaba llamado a aquello y, sin embargo, llegamos.
A The Replacements les pasó un poco lo mismo. Sin que nadie los esperase y desde la ya famosa izquierda del dial, conquistaron un lugar para el que no solo no estuvieron preparados; es que se autoexpulsaron, sabotearon y boicotearon siempre que pudieron, dando conciertos horribles, fastidiando al público o llevando los límites de la vergüenza ajena a niveles delirantes, como en el Saturday Night Live. Y, sin embargo, ahí estaban. Habían llegado por quienes eran, por la calidad de sus composiciones y por una concepción de la tradición musical norteamericana única, trufada de una sensibilidad hipnótica y un discurso, mucho más autoconsciente de lo que parece, con una personalidad y un carisma tales que aún hoy nos acordamos de Paul Westerberg y los suyos. Incluso los hay, como yo, que pueden decir que discos como Let It Be forman parte inseparable de su propio ser.
La carrera de The Replacements es una de esas historias de fracaso, de dolor, de frustración y de pena; una pena tan insondable como la depresión profunda que solo se puede entender si ahondamos en la incapacidad para asumir y gestionar una sensibilidad y una inteligencia emocional apabullantes. Y es que, de verdad, estaban llamados a ser una de las mejores bandas del planeta. Por lo que fuese, nunca quisieron o no supieron ocupar ese espacio y, por el camino, fueron desparramando todo su talento en millones de anécdotas, situaciones marcianas y muchísimo alcohol. De hecho, ni siquiera contar con la producción de Alex Chilton (o quizá por eso mismo), ya enorme tras su paso por los fundamentales Big Star, y al que le dedicaron una canción, pudo con la pulsión autodestructiva de un Westerberg empeñado en esconderse detrás de las tremendas y continuas borracheras, con tal de no sentir nada.
Todo esto, obviamente, explica por qué el éxito comercial siempre les fue esquivo. De hecho, es conocida su decepción al compararse con otras bandas coetáneas, como R.E.M., que sí consiguieron elevarse al grado de icono, mientras que ellos se quedaron varados en una carrera que nunca terminó de despegar, siempre ligados al culto y a lo pequeño. De hecho, su primer disco con una multinacional, Tim, es conocido por ser el ejemplo arquetípico de venderse y fue un notorio fracaso. En realidad, el disco está bien; probablemente, su mejor disco. Aunque sea menos auténtico que Let It Be, cuenta con más medios y un concepto mucho mejor definido. Como es lógico, aquí estamos frente a frente con un conflicto personal y emocional prácticamente imposible de resolver entre una ambición desmedida —llamaron a su disco igual que uno de los discos más famosos de la historia de la humanidad—, una manifiesta incapacidad de asumirse, probablemente derivada de ese hecho tan mortal como común de ser un hombre y sentir cosas, y su patológico miedo al fracaso, que terminó derivando en un alcoholismo destructivo arraigado en su propia necesidad de no sentir nada. Westerberg, por tanto, ocupa un lugar muy destacado en mi propia épica porque él pudo haber empuñado el martillo y no fue capaz de hacerlo. Porque era worthy. Vamos, sí lo era, y cualquiera que haya experimentado ese dolor sabe lo difícil que es.
La evolución del sonido del grupo es historia viva de la música estadounidense y sentará las bases de mucho de lo que vendrá después. La senda que abrirán partirá en dos la tradición hardcore primigenia y servirá de acicate para el establecimiento de una serie de vasos comunicantes que, a la postre, se revelarán fértiles, creativos e interesantes como pocos. Es más, resulta difícil entender la aparición de bandas como Nirvana, Smashing Pumpkins, Pavement, Guided by Voices o incluso Dinosaur Jr. si The Replacements no hubiesen roto con lo encorsetado del hardcore y el punk unos años antes y no se hubiesen atrevido a reivindicar la tradición pop y garagera clásica, con nombres como los Beach Boys a la cabeza, para meterle ruido y distorsión como si no hubiese un mañana. No fueron los primeros. Big Star ya estaban antes, y R.E.M. y Bob Mould, con Hüsker Dü, son coetáneos, pero hay algo verdaderamente diferencial en Westerberg. Ya desde el título del disco, Let It Be, queda clara y patente su declaración de intenciones: «Nosotros no somos los Beatles; nosotros lo vamos a hacer mejor». Tal era la altura del ostión que les esperaba.
El disco en cuestión, lanzado en el año 84, representa una de las grandes cumbres del grupo. Quizá, con el paso del tiempo y la revalorización de determinados sonidos, Tim, al que me he referido antes, o incluso Please to Meet Me, han conseguido brillar como siempre debieron. No hay que perder de vista que estos discos ya son con Sire, con Alex Chilton, con más y mejores medios y con un sonido muchísimo más trabajado. Sin embargo, ninguno cuenta con esa sinceridad espontánea, con esa verdad de echar toda la carne en el asador, de ir a calzón quitado, que sí hay en Let It Be.
El dúo de Westerberg componiendo y Bob Stinson tocando la guitarra se revelará, ya libre de las cortapisas del género, como una fuerza creativa imparable. Tras unos primeros discos encuadrados en el hardcore punk acelerado y gamberro, mirándose en bandas como The Stooges o los Ramones, darán un paso adelante y empezarán a meter otras influencias mucho más interesantes. El resultado fue un disco valiente, atrevido y, en última instancia, brillante como pocos. Pero, sobre todo, es uno de los primeros experimentos en los que se demuestra que se puede mezclar la urgencia y la abrasión del punk con la sensibilidad de las melodías pop y el llamado rock de raíces, siendo, precisamente, uno de los principales hallazgos del disco.
De esta forma, el discurrir de los temas transita desde ese pop cristalino de I Will Dare o Favorite Thing, que abren el disco, hacia el garage desbocado de We’re Comin’ Out o Gary’s Got a Boner. Todo el rato dialogando en esa tensión y entregando canciones impecables en los 32 minutos que dura. No obstante, donde de verdad enamora este disco es en esos raros momentos de apertura en canal y de exposición vulnerable e íntima que se ven de forma clara en Unsatisfied, la primera de la cara B y, a mi juicio, un himno absoluto y una patada a toda la generación anterior. Ya no se trata de My Generation; es que estoy hasta las narices de toda esta mierda. O, por ejemplo, en Androgynous, adelantándose por la izquierda a todo lo que vendría después y abrazando lo queer antes de que esto ni siquiera fuese una etiqueta. En suma, Westerberg redefinió el lirismo del rock, siguiendo los pasos que ya había andado Bob Mould unos meses antes con su ambicioso y visceral Zen Arcade, para cantar a la alienación, a la insatisfacción crónica, a la confusión identitaria, al no encajar y, en última instancia, a buscar su lugar en el mundo a través de la sinceridad descarnada y la verdad descarada que solo unos chavales ruidosos que se lo creen mucho son capaces de gritar hasta quedarse afónicos. A través de una mirada tan privilegiada y doliente como la del propio Westerberg. Porque, y aquí viene lo amargo, el primero que nunca fue capaz de sobreponerse a su propio descontento fue el propio Paul.
Esto fue, en esencia, lo que más me ha atraído del disco. Desde siempre. La música tiene algo que no tienen otras expresiones culturales, y es que permite que identifiques y experimentes emociones que no solo no se están diciendo; es que puede que ni siquiera sepas que están en ti, descubriendo y reventando diques a golpes de guitarrazos, o gritos ahogados, o melodías etéreas, o pura ansiedad distorsionada, o la inquietud de lo más técnico. Hay para todos los gustos. No recuerdo el día, no recuerdo cómo fue, pero The Replacements vinieron a rellenar ese hueco y, de paso, a moldear una parte de mí que tardaría años en entender. Desde la primera vez que escuché I Will Dare, desde ese momento definitorio y definitivo, no he renegado ni un solo día de ellos.
Son, y serán siempre, una parte fundamental de mi persona, y yo siempre los llevaré conmigo, orgulloso, porque me recuerdan mucho de lo que yo he superado y que dejarse llevar puede hacer que lo perdamos todo. La historia, triste, de The Replacements es el precipicio por el que caminamos todos y todas, queramos o no. La elección inconsciente de sabotearnos, el empeño por dar siempre la peor imagen de nosotros mismos —total, ya está todo perdido—, el rendirse, el ser víctima de unas expectativas imposibles, la constante frustración o el alcohol y las drogas. Esa tentación de sacar los problemas que sí están en nuestra mano hacia fuera y no querer asumir que somos nosotros y nosotras mismas la llave de nuestro bienestar. Pero, por encima de todo, el miedo. El miedo paralizante, el miedo que nos dice que ese lugar no es para nosotros o nosotras. El miedo que nos hace querer huir, incluso de nuestro propio cuerpo. Si lo has sentido, sabes a lo que me refiero y eres uno de los nuestros o nuestras. Este es el regalo más grande que Paul me ha hecho. Espero que donde él cayó, yo pueda resistir.
Hay algo de épico en esta idea. Lo de triunfar donde otros han caído. No dejo de pensar en que, porque ellos cayeron, yo he podido seguir adelante. Muy probablemente, este sea mi más sincero homenaje tanto a la figura de Westerberg como a la de Kurt Cobain o la de tantos otros. Ellos, y algunas pocas ellas, están conmigo, y juntos hacemos. Bueno, hago yo; ellos están muertos. Pero su arte, sus dolores y sus frustraciones me ayudan a superar las mías. Aquí, en este punto del post, el texto me pide que abandone todo atisbo de verdad, que me suba a la parra de la épica y empiece a enumerar triunfos, gestas y grandes cosas. Podría hacerlo, la verdad. Pero esto, creo, sería engañarme a mí mismo y cerrar este texto un poco en falso.
Porque, de verdad, la enseñanza más importante que tenía Let It Be, para mí y para todos y todas nosotras, no estaba en las canciones, ni en la figura de Paul, ni tampoco en su icónica portada. Estaba en el título del disco y era, precisamente, que asumiéramos que solo somos personas humanas. Personas que nos cansamos, que sufrimos, que somos víctimas de nosotros y nosotras mismas. Sencillamente, hay que dejarlo ser; hay que dejarnos ser, justo lo que somos. Nada más y nada menos. Que eso, atrevernos a ser quienes realmente somos y nada más, es lo verdaderamente épico: estar en paz y dejarlo estar.
Este texto ha tenido miles de versiones y miles de formas, y no me decidía a publicarlo. Gracias, Paul, por avisarme de dónde no me quiero ver, por demostrarme que es mucho más satisfactorio asumir quién soy, aunque este texto pueda sera una castaña y nadie lo lea, y compartir mi pequeña parcela del mundo con quien quiera estar. Lástima el precio a pagar, pero que sepas que yo te recuerdo y te respeto por lo que eres. Descansa en paz.


Que texto mas bonito Edu