#07/50.Metallica-Metallica (1991)
Cosas de chicos
He empezado a escribir este post más veces de las que recuerdo. Muchas más veces de las que querría, la verdad. Ahora mismo, hace 4 meses que lo llevo postergando y dudo mucho que esta se parezca en nada a la forma que quería que tuviese originalmente. Hace 4 meses que me hago el remolón y me invento excusas para no abordar la composición de este texto de una forma rotunda. Por lo que sea, hay algo en este abismo, negro e incómodo, que me asusta. Un algo, tan profundo y tan íntimo, a lo que no quiero dar forma porque creo que en el momento en el que lo haga, estaré cruzando un peldaño que, hasta ahora, he escondido tras un velo de control y seguridad. No seguridad en mí mismo, que va, de esa seguridad que nos da la gestión de daños. El anticipar que va a pasar y saber cómo y cuando poner las gasas. Algo así, debió pensar Hetfield cuando se embarcó en la gestación de este disco que es a la vez, su obra más íntima y personal y la primera entrega de la agonía de unos Metallica que llevan siendo víctimas de sí mismos desde entonces. Nunca volverán a ser relevantes y es muy posible que este disco tenga la culpa.
Hay muchas decisiones fuertemente cuestionables. Cosas que lo convierten en un artefacto controvertido, amado por unos y odiado por la mayoría de los entendidos. Y es que ¿Como es posible que la banda que había facturado discos tan espectaculares, siguen siendo increíbles hoy, como Ride The Lighning o Master of Puppets, se desmarcasen con esto? La explicación es de sobra conocida y ha sido abordada en innumerables ocasiones: el alcoholismo, el agotamiento de la gira del And Justice, las tensiones en el seno de la banda, las secuelas del accidente que mató a Cliff Burton, el productor Bob Rock presionando, pero, por encima de todas las cosas, la influencia del Grunge y el avance de la concepción de lo masculino que, de repente, permitió la expresión de emociones complejas, aunque aún poco evolucionadas de forma pública y sin vergüenza.
Pensadlo por un momento, eres uno de los más grandes rockstars de la década anterior, apenas tienes más de 25 años y en tu haber se cuentan al menos tres, contando el kill em all, de los discos más influyentes del metal hasta el momento. Eres el gran referente del Thrash Metal, que ha sido uno de los grandes focos de revitalización de la música rock, durante todo este tiempo y representas toda una manera de ser chico. No es casualidad que el personaje de Eddie Munson se inmolara tocando la parte que no debía de Master of Puppets, como no lo es que el hermano de Max, Billy, pareciese Lars Ulrich. En definitiva, eres todo lo que un chico quiere ser, fuerte, violento, enfadado, rápido y furioso y un portento de la guitarra rítmica, que aún hoy es arrolladora, moderna y vigorosa, pero también eres una persona hipersensible que no consigue ahogar todo ese torrente emocional, ni estando borracho la mayor parte del tiempo. La masculinidad hegemónica es implacable con aquellos que no encajan. La incomodidad, el dolor de la autopercepción, la continua erosión de la autoestima y el auto odio, hablo desde el conocimiento, puede llegar a ser insoportable.
Y de repente, llegan unos chavales de Seattle, con Layne Staley y Chris Cornell a la cabeza, que cambiaran no solo el metal, la influencia de Alice in Chains y Soundgarden en el Black Album es evidente y notoria, sino también la propia manera de concebir lo masculino. Aquí entro en terreno resbaladizo y sé que la línea que estoy intentando trazar es muy fina. Por un lado, no estoy hablando de militancia feminista en ningún caso. Esto será notorio en el caso de Kurt Cobain, pero no responde a la mayoría de los hombres de esta época que, aunque situados en posiciones progresistas y significados, no son grandes activistas. Me estoy refiriendo a la introducción en el debate público de una manera diferente, y controvertida, de entender los problemas de lo masculino. Es cierto que la reacción terminó dando lugar a uno de los momentos más recalcitrantes y más militantemente machistas de la edad moderna, pero, en el origen, significó una apertura que abrió la puerta a nuevas formas de expresión y cuya sombra se extenderá por algunos de los discos más icónicos de los primeros 90s.
Solo en este contexto, una obra tan especial como el Black Album se entiende y adquiere toda su magnitud. Es, en efecto, Hetfield negándose a sí mismo y meando en su legado musical de forma consciente y meditada tanto musical, como discursivamente hablando. Es despojar de todo lo que lo hacía especial y reconocible, de las florituras, de los riffs de pura orfebrería o de la rabia impostada y centrar el foco en una falsa simpleza, en una pretendida economía de recursos, en llevar la propuesta de la banda a la mínima expresión, para volver a la esencia y trazar un nuevo camino. Y, en ese ejercicio, entregar un trabajo tan sincero, como inseparable de la persona que lo ha construido. Es cursi, porque James es inexperto en el manejo de esas emociones, porque hasta ese momento nunca se había permitido el lujo de experimentar nada. Es mamarracho, porque no nos engañemos, es una de las personas que 10 años después demandará a Napster y sentará las bases de la DMCA. Es incomodo porque el imaginario íntimo de Hetfield es bastante delirante, normal cuando sales de la Iglesia de la iglesia de la Christian Science, ves como tu madre muere cuando tienes 17 años por negarse al tratamiento del cáncer y terminas siendo el alma mater de Metallica. Es desconcertante porque suena a Metallica queriendo ser Alice in Chains y eso es raro y algo difícil de encajar. Pero, por encima de todo, es desgarradoramente sincero. Es Hetfield, todo el rato. Hetfield hablándote durante una hora completa de todos sus pensamientos, de sus emociones, desnudándose y dando rienda suelta a todo lo que había estado reprimiendo durante todo este tiempo. él, dirá que fue una especie de terapia, pero lo justo seria decir que fue un salto al vacío que nunca hubiera pasado en ningún otro contexto y que, aun hoy, es difícil de encajar en su propia trayectoria y en la industria cultural. Es muy probable que, de no haber estado firmado por Metallica, este disco no hubiese existido nunca.
Yo me crucé con el disco en algún momento de 1992 o de 1993, no recuerdo muy bien la fecha y con los años se va haciendo borroso. Debía tener alrededor de 8 años y fue gracias al hermano mayor, de un amigo que dejó de serlo, como tantos otros, cuando nació mi hijo. Uno de tantos. Cosas de chicos, supongo. La habitación estaba completamente forrada en madera. De las paredes, colgaban posters de tela, probablemente compradas en Discocentro, con banderas confederadas, séptimos de caballería, pistolas, rosas, y la famosa mascota de Iron Maiden. Los ceniceros, al lado de la ventana, a rebosar de colillas de Fortuna y, entre libros de texto de ingeniería informática, una caja de Heroquest -que aun conservo- una NES, una tele de tubo, un reproductor de CDs y una estantería con algunos discos de Héroes del Silencio, el Appetite for Destruction y el Black Album, que recuerde. Nada más. Nos pasamos el Zelda, nuestra pubertad, nos fumamos nuestros primeros cigarros y gran parte de nuestra adolescencia en aquella habitación. En bucle. The Unforgiven, Wherever I May Roam, Sad But True, Enter Sandman. Por suerte, aparecieron las chicas, y con ellas -ella-, la gran ciudad, Portishead, Radiohead y Massive Attack y entró el aire, el humo del tabaco se tornó un más divertido y poco a poco, todo se fue transformando. Ella, por cierto, no ha dejado de ser mi amiga, aun después de nacer mi hijo. Cosas de chicas, supongo.
El caso, es que el Black Album, siempre ha estado ahí. Estuvo conmigo en la soledad de las noches de Paris, aunque ya había descubierto el Chaos A.D. y anhelaba cosas más complicadas. Estuvo conmigo en el erial que fue València tras la caída, aunque yo ya no escuchaba música y solo quería ver Los Soprano. Se vino conmigo al otro lado del mundo y lo escuché aquella noche a los pies del Chimborazo. Siguió, años después, en mis paseos de Gobernador Viejo a la Gran Vía y de Gran Vía a Gobernador Viejo. Siempre ha estado ahí de una forma u otra siempre ha estado conmigo. No en vano, es de los pocos discos de los que conservo una edición original de su época, además de la reedición, junto con London Calling y Horses. El Black Album, de una forma u otra, siempre estuvo ahí, conmigo, agazapado.
Para mí, siempre había sido una conexión natural. Nunca me había parado a pensar en el significado profundo de dicha conexión, de no ser por el empeño en hacer una lista con mis 50 discos preferidos. Es más, había elegido otro disco de Metallica, porque sobre este ya había escrito y publicado reseñas, bastantes, antes. Alguna puede que aun esté disponible por ahí. Sin embargo, cuando hace unos meses y con motivo del fallecimiento de Robe Iniesta, ramontes (ViernesEnKiribati) publicó en su Kiribati su altamente recomendado post sobre el papel que Robe había jugado en su educación sentimental, de repente, lo vi claro. Mi conexión con el Black Album pasaba necesariamente por mi negación de todo lo que Metallica había representado, por todo lo que yo no quería ser de ninguna de las maneras. Por todo lo que yo me había esforzado en no ser. Un poco, la manifestación corpórea, en mi persona, de ese enfrentamiento entre Nirvana y Guns N’ Roses que vertebra el documental de la HBO Montage of Heck (2015). Hablo, evidentemente, en un terreno simbólico. Luego lo que Metallica había sido es bastante mejor que lo que hay en el Black Album, pero, de alguna manera, el mensaje de este disco se incrustó en los cimientos de mi propia construcción emocional y, de forma intuitiva, me sirvió de referente para construir una masculinidad disidente y contestaria. Robe, por cierto, también me ayudará a vertebrar mi propia masculinidad gracias a su discurso tan característico. La puedes cagar, puedes sentir emociones, puedes no poder y puedes tener amigas. En sus relatos, aun hay contrapartidas emocionalmente cuestionables, muchas veces un alto grado de misoginia y una relación tormentosa con sus sentimientos, no hay que perder de vista que de fondo está la adicción. En mi caso, tampoco ha sido nada fácil y me ha costado mucho aprender a transitar y vivir todo esto de una forma más o menos sana. Cosas de chicos. Pero había un camino y valía mucho la pena el esfuerzo.
Pudo ser el Black Album, como podría haber sido cualquier otra cosa. Alrededor de los 90, se filtran muchos mensajes en muchos discos que abordan esta cuestión de una forma más o menos clara y más o menos evidente. Pero, en mi pedanía de ciudad pequeña de país que fue pobre y que empezó a no serlo, fue este el que me tocó. Gracias a él, aprendí a experimentar mi propia emocionalidad, hipersensible como la de Hetfield, pero, sobre todo, aprendí que podía no gustarme el futbol, que podía querer cosas diferentes y que eso estaba bien. Robe cantaba que prefería ser un indio y yo siempre he querido ser indio, antes que vaquero, antes que futbolista.
Este post, que me ha costado tanto, pretende ser un homenaje a todas esas personas que estando en una posición de privilegio, como yo que estoy hablando desde el privilegio más absoluto, deciden cuestionarse a sí mismos y, con eso, cuestionar la estructura. Porque sin estas pequeñas rebeliones, no habría brechas en las que golpear.
Aunque eso convierta al bueno de James en referente, por un rato.
Porque en realidad, si no cuestionamos nosotros la masculinidad, no habrá ningún futuro. Cosas de chicos, espero.

